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Un traje a la moda: ¿Tradicional o moderno?
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Escrito por Clara Guzmán   
Jueves 15 de Abril de 2010 11:09

Los trajes de las hermanas Pol Núñez no siguen las modas sino que se mantienen fieles a la esencia de esta prenda. ABC

Se ha desvirtuado el traje de flamenca con el paso de los años? Esta es la cuestión que le he planteado a Rosa María Martínez, autora de una enjundiosa tesis que ha publicado la editorial Signatura precisamente bajo el título «El traje de flamenca». En su opinión, los creadores deberían ser mucho más prácticos a la hora de diseñar unos vestidos, a los que la moda no desvirtúa, sino transforma.

«Siempre que se habla del traje de flamenca en relación al fenómeno de la moda se produce un cuestionamiento sobre sus orígenes (que alguna interpretación esencialista remonta a los tiempos pre-romanos de la península) seguido de la eterna cuestión: ¿es un traje tradicional o se trata de un traje moderno? En el primer caso, ¿cómo se explica la actuación constante de la moda, que afecta tanto a las formas como a los complementos? En el segundo caso, no hay cuestión: si estamos hablando de un traje moderno, todo vale. Pero entonces no podríamos hablar de un atuendo específico ni tampoco reconocerlo como tal, y la realidad nos demuestra justo lo contrario.

Una tradición

En realidad hay una explicación para este galimatías que ya expongo en mi libro «El traje de Flamenca», fruto de años de estudio e investigación: Vestirse de flamenca es una tradición, y creo que, independientemente de gustos y colores, nadie lo ha negado nunca. Esta indumentaria no surge, pues ninguna tradición nace como los hongos, de la noche a la mañana, sino que se configura, al mismo tiempo que lo hacen la mayoría de los trajes tradicionales europeos, en la primera mitad del XIX, cuando, asentada ya la idea de nación moderna, aparece el concepto de región que transforma administrativamente los antiguos reinos de España. Se trata de una idea mediática, pues precisa de una imagen distintiva de los territorios afectados, y es el momento del comienzo del folklore como concepto y como objeto de estudio. El folklore existía ya, pues existían tradiciones, pero el romanticismo lo actualizó, lo rescató de una muerte anunciada y lo puso en valor.

En Andalucía aún estaba vigente el atuendo popular de los majos y majas que se resistía a dejarse engullir por la moda afrancesante. Si a ello añadimos el desarrollo profesional de los aires flamencos, y la moda de imitar la gitanería en ferias y fiestas que se extendió entre las clases adineradas, tenemos un atuendo tradicional que ya desde sus comienzos fue moderno. Y es que hay tradiciones estancas y tradiciones vivas, que se renuevan continuamente porque se perciben desde dentro como algo vivo, presente y actual, porque son manifestaciones aglutinadoras de la identidad. El traje de flamenca cambia con cada mujer, con cada época, porque pertenece a ese tipo de tradición que se hace propia e individual sin perder su fuerza colectiva.

Y tiene tanta fuerza esta identidad que la imagen transmitida desborda los límites locales y es percibida universalmente como imagen asimismo de lo español (obviamente, no la única, pero sí la más popularizada). Es por esto que los grandes de la moda la utilizan continuamente en sus colecciones: no hacen trajes de flamenca, sino que toman prestados elementos del estilo: el barroquismo, la vistosidad y el carácter emocional que transmite es garantía de un éxito seguro.

Identidad simbólica

Queda pues contestada la cuestión que subyace a estos razonamientos. En mi opinión, la moda no desvirtúa sino que transforma y aporta elementos de modernidad a este traje, como siempre ha sido desde sus principios. Sobre un patrón básico en el que hay una serie de elementos fácilmente reconocibles, como son los volantes, mantoncillos, flores, peinas, el corte ajustado al talle, etc., los creadores de la moda, diseñadores y artesanos, realizan su propia interpretación, de manera que a veces estos elementos pueden estar incluso ausentes pero siempre sugeridos.

Un traje de flamenca dejará de serlo cuando al mirarlo se pierda esta percepción de identidad simbólica, porque se haya convertido en un traje de fiesta, de cóctel. Pero, atención diseñadores: ferias y romerías no son bodas ni galas de los Oscar. En estos eventos una no se viste para media hora, hay polvo, se anda y se baila mucho. Permítannos hacerlo sin tanto requilorio como se ve últimamente, y acordémonos del antiguo percal y los zapatitos de galgas, que diría Bécquer, para que luzcamos guapas pero cómodas, porque este problema ya hace mucho tiempo que está resuelto».

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