En la Cartuja, que a ojos vista parece estar abandonada, nos aguarda una sorpresa agradable, un pequeño rincón donde huir del "mundanal ruido". La música ambiente, la luz que se entre cuela por las persianas y el cuidado servicio sirven de antesala para disfrutar de la comida sin prisas.
La barra de la entrada y las mesas altas invitan a compartir alguna ración o media ración con los acompañantes. El surtido de croquetas o el salmorejo son dos buenas ideas para empezar a apaciguar el hambre, y se puede rematar en el salón, con capacidad para ochenta comensales, con algunas ideas como la cola de toro o el hígado de pato fresco.
La comida es tradicional, "sin pretensiones", asegura Álvaro Atalaya, su dueño. Pero algún toque original sí que florece en su carta. La tradición se deja ver en los guisos del día, una buena forma de que los trabajadores de la Cartuja coman a mediodía como en casa.
Cuando la noche llega, los trabajadores se han ido a descansar y el ambiente se vuelve más familiar. Un buen sitio para acudir con el coche y que los niños jueguen. Más aún desde el año pasado, cuando instalaron una acogedora terraza. Y si apetece cambiar de zona, Sabina también abre sus puertas en el local de la calle Dos de Mayo, en el Arco del Postigo.











