Vamos a ser coherentes. Nos pasamos media vida criticando el mal servicio allá donde lo sufrimos y cuando, por fin, lo encontramos bueno, del de verdad, como ocurre aquí, lo menos que podemos haces es empezar por destacarlo. Si tiene la suerte de que le atienda el maitre del Jamaica, encontrará una atención, unos tiempos y una sonrisa de otra época, de otra ciudad. Nada más por él vale la pena venir a este enorme y tranquilo restaurante de maderas nobles, escondidos rincones, salones privados y una agradable terraza robada a una de sus esquinas.
En comparación y junto a él, un camarero jovencito que tiene todo que aprender de su jefe, te suelta una de esas perlas que te devuelven a la cruda realidad: “si le gusta el Ribera, el jefe ha puesto bien el precio del Matarromera”. Fin del hechizo. Pero con ese “jefe”, aprenderá. Mas de 60 años han pasado desde que se fundara este restaurante en el garaje de una casa de Heliópolis y se hiciera popular y, ahora, tras un tiempo sin encontrar su sitio, y apenas dos años después de que se hiciera cargo de la gestión el madrileño grupo Arturo, vive una nueva etapa, otra oportunidad.
De entrada hemos probado varios platos, unas destacables, recomendables y cremosas croquetas de ibérico mezcladas con otras de puchero (5,00 euros), unos pinchos de gambas (6,00) bien fritas pero en el que se le echa de menos una mayonesa fuerte o un alioli que las acompañe y una ensalada de tomate (4,50) pero no de cualquier tomate, de tomate kumato, un tomate de sabor dulce y piel gruesa y color negro, que da título a esta sección desde hace años y que con buen aceite y sal ponen espléndido punto y seguido a los entrantes.
De plato fuerte, un arroz “pelao” mixto (14,00 x 2) de calamar, gambas y rape, pero también con verduras, lo que le daba un sabor espléndido a un arroz que, desgraciadamente, no estaba en su punto ni lo iba a estar. Para irnos con un sabor de boca de antaño, pedimos un solomillo de cerdo jamaica (15,00) jugoso y que nos reencuentra con la historia de este restaurante.
Pocos restaurantes hay donde se aparque a la primera, en un lujo de barrio como este, que sean tan agradables y estén tan bien atendidos, pero pocos tan incomprendidos en Sevilla. Su cocina, de acuerdo, no es ni innovadora ni la que más despunta en la ciudad, pero es un valor seguro y su nueva zona de tapas, bien pueden merecer su atención en uno de esos días tontos, como hoy. A lo mejor sus regentes necesitan de un Oferplan de esos que ahora nos anuncia el periódico para que los sabios ciudadanos vuelvan para darle esa segunda oportunidad.










