Ir a Yebra es entrar en el paraiso del tapeo. Un lugar díficil de encontrar, escondido, oculto, pero cuando llegas... ¡ay, cuando llegas! Imposible sentarte, da igual, imposible llegar a la barra, da igual. A lo lejos, Manolo te ve, y te ofrece lo que tiene. Lo mejor. Calidad. Francisco crea arte en los fogones. Como hacían en el pequeño bar donde empezó todo. Aquel sitio estrecho, pero con un encanto fuera de lo normal. Yebra es otro mundo, el mundo de la tapa de calidad. Variedad innovadora y clásica. Un poco de todo y de todo un poco. Yo a Manolo le pido matrimonio, pero no eclesiástico, sino de anchoa y boquerón. Aunque lo mio con los Hermanos Yebra es como un matrimonio: no puedo vivir sin ellos. Si encontráis el bar, habréis llegado a las puertas del Cielo, allí están los dioses del tapeo.