Esta ciudad no solo es el centro y los barrios. También tiene sus polÃgonos. A los industriales me refiero, no a al “polÃgano” por excelencia con su exuberante calle SinaÃ, una exposición de buenos bares a la que un dÃa meteremos mano por aquÃ.
PolÃgonos, decÃa, abandonados de la mano de Dios y donde sobreviven la poquita industria de esta tierra y, por ende, los sevillanos que van quedando con trabajo.
En uno de ellos, Store -la pequeña China por sus almacenes de todo a cien- los que allà la doblan tienen la suerte de tener desde hace poco un restaurante de polÃgono de nivel: Orosierra. No quiero dejar de citar al fundador de la dinastÃa, Manuel RodrÃguez. Un emprendedor de los que daban la cara en el tajo y no en las fotos de sociedad. Un hombre que a lo largo de su carrera como representante de margarina Arias, conservas La Onza de Oro o el queso Manzer, supo crear empresa y empresarios: la cadena de charcuterÃas Valle de Orosierra y dos generaciones de brillantes creadores. Armando RodrÃguez representa a esa tercera generación regentando el bodegón que nos ocupa.
Aquà se han gastado los cuartos bien gastados y han montado un restaurante con buen gusto y todos sus avÃos, un cortijo entre naves industriales. Llama la atención su espléndida colección de macrofotografÃas taurinas y sus tiradores de cerveza: enormes jamones de bronce por donde mana una Cruzcampo frÃa que acompaña divinamente una tapa de champiñón relleno de jamón, exquisita. Aunque entre semana sea un sitio donde reponer fuerzas para la faena, los fines de semana se llena de familias porque es un lugar donde se puede venir con niños que estén domesticados. FlamenquÃn, Montadito de la casa de presa y jamón, solomillo al whisky o el arroz de los sábados son tapas aptas para todos los públicos. Cuidan la cocina, usando patatas naturales para freÃr y presumiendo de gastar Oleostepa, la sangre de la albariza campiña que gerencia con maestrÃa Alvaro OlavarrÃa.
Es una pena que metan la pata con un pan incomestible. Yo recomiendo el vino de la casa: DinastÃa Vivanco, de la Rioja. Un riojita facilón perfecto para acompañar un plato de queso curado Ronkari en la barra o una carne a la brasa trinchada. El servicio es abundante, amable y atento. Camareros, no “perdonas”:
-Perdona, ¿me pones una cerveza?. -Perdona, ¿qué tienes de tapa?. -Perdona, ¿me cobras?...
Tienen un entrecot, solomillo o chuletón de vacuno a la brasa, leña para los sentidos. Eso por raciones. Por tapas: el aliño de morrillo de atún, la piruleta de langostinos (no me da coraje lo de la piruleta...), el jamón o la caña de lomo. Todo de superior para arriba.
A falta de empresas, nuestros polÃgonos están quedando para el ocio, incluyendo el de las bombillas coloradas que de todo hay en estos lares. ¿Tiene guasa el tema o no la tiene?
Mientras esto se arregla disfrutemos del Orosierra, merece la pena.











